La mano de Gregory quedó suspendida en el aire.
Durante una fracción de segundo, pensé que finalmente había entendido quién estaba frente a él.
Pero no.
La arrogancia seguía allí.
Esa misma arrogancia que había visto durante meses antes de casarnos. La sonrisa perfecta. Las palabras cuidadosamente elegidas. La forma en que hacía que todos pensaran que era un hombre respetable, educado y protector.
El hombre que conocí nunca habría golpeado una mesa.
Nunca habría levantado la voz.
Nunca habría dicho que una mujer necesitaba ser “disciplinada”.
Pero ese hombre