mismo de admitir que te habías equivocado.
Sus labios temblaron.
—Me sentía avergonzado.
—¿Laura preguntó por mí?
—Sí.
—¿Qué preguntó?
—Si tú la culpabas.
—¿Le dijiste que la busqué?
—No.
—¿Le dijiste que mamá nunca dejó de buscarla?
—No.
—¿Le dijiste que yo habría abierto esa puerta?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No.
Me puse de pie.
—No nos protegiste, papá. Hablaste por nosotros.
Comenzó a llorar.
A los noventa años, parecía más pequeño de lo que jamás lo había visto.
—Te quiero —dije—. Pero el amor no hace