algún día regresaría si quería hacerlo.
Ernesto era quien más repetía esa historia.
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Siempre con la misma seguridad.
“Hay personas que no quieren ser encontradas”, decía.
A los 18, parado frente a su cama, entendí que esa frase ya no sonaba como resignación.
Sonaba como una coartada.
Uno de los agentes fotografió los recibos uno por uno mientras Renata guardaba las cartas sin abrirlas por completo.
Mi mamá preguntó si podía quedarse con alguna.
Le dijeron que por el momento no.
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Ella asintió, aunque le costó retirar la