Sergio cerró la puerta con fuerza.
—¿Qué abogada, Mateo?
Renata palideció.
—Ese niño sabe demasiado.
Entonces ocurrió.
Un dedo de la mano derecha de Valeria se movió apenas.
Fue mínimo.
Casi nada.
Pero Mateo lo vio.
No gritó. No sonrió. No la delató.
Solo se acercó a su oído y susurró:
—No te muevas, mamá. Ya pedí ayuda.
Sergio tomó a Mateo del brazo.
—¿Qué le dijiste?
Mateo lo miró fijo.
—Que la amo.
Renata metió la mano en su bolsa de diseñador.
—El notario está abajo. Hay que