de control —murmuró Renata.
Se acercó a la cama, con los ojos fijos en el monitor cardíaco.
—Debimos asegurarnos de que no despertara nunca.
Mateo levantó la mirada.
—Eso ya lo habías dicho antes.
La habitación se congeló.
Sergio giró hacia el niño.
—¿Qué dijiste?
Mateo tragó saliva.
—Los escuché
en la cocina. Dijiste que mamá no quería firmar. Y mi tía Renata dijo que una curva en la carretera arreglaría todo.
Renata perdió la máscara.
Consultar médico
—¡Cállate, mocoso!
Mateo siguió, con la voz quebrada pero fuerte.
—También