Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

esposada, soltó una risa rota.

—Qué valiente eres ahora. En la cocina no temblabas cuando dijiste que si Valeria moría, por fin dejarías de vivir a su sombra.

Sergio la miró con odio.

—Tú querías su dinero desde antes de que yo apareciera.

 

—¡Porque ella siempre tuvo todo! —chilló Renata—. La casa, la empresa, el apellido limpio, la mamá orgullosa, el hijo perfecto. ¡Todo!

Valeria intentó hablar.

Le dolía la garganta. Sentía la lengua seca, pesada, como si no le perteneciera.

La doctora entró corriendo con enfermeras.

—Señora Valeria,