tía preocupada.
Se convirtió en lo que siempre había sido por dentro: alguien consumida por la envidia.
—No —susurró—. No puedes despertar.
El policía aprovechó ese instante y se lanzó contra ella. Otro agente jaló a Mateo lejos del bisturí. La licenciada Gálvez lo cubrió con su cuerpo mientras Sergio intentaba correr hacia la puerta.
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No llegó.
Un oficial lo estrelló contra la
pared y le torció el brazo.
—Queda detenido.
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—¡Esto es un error! —gritó Sergio—. ¡Ella me obligó!
Renata, en el piso,