Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

Para que crezca contigo —dijo.

Valeria sonrió.

—¿Conmigo?

—Sí. Porque tú también estás empezando otra vez.

A veces, por la noche, Valeria todavía despertaba asustada. El silencio le recordaba la cama del hospital. La oscuridad le hacía creer que seguía atrapada dentro de su propio cuerpo.

Entonces Mateo tocaba la puerta.

—¿Mamá?

—Aquí estoy.

Él asomaba la cabeza.

 

—Solo quería saber si sigues aquí.

Valeria abría los brazos.

—Sí, mi amor. Sigo aquí.

Y cada vez que lo decía, entendía algo más profundo.

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