ellos.
Entré.
Mauricio intentó seguirme.
—Daniela, espera.
—Tú te quedas aquí.
—Es mi casa.
Me giré.
—No. Es la casa en la que has vivido tres años creyendo que nadie podía echarte.
Saqué el teléfono.
—Y ya he llamado a la policía.
Mauricio palideció.
—¿Qué?
—También tengo fotografías de los moretones de mi madre.
Patricia se llevó una mano a la boca.
—Daniela, no sabes lo que estás haciendo.
—Precisamente por eso voy a averiguarlo.
Subí las escaleras con mi madre detrás de mí.
Los