era entonces la madre de la niña, alguien golpeó la puerta con desesperación. Era Michael, mi hijo mayor, despeinado, pálido, con la camisa mal abotonada. Al ver la carpeta abierta frente a mí se detuvo, y esa pausa lo delató. Miró a David, que había entrado detrás. En esa mirada compartida entendí que ambos ya sabían algo que yo no.
—Mamá, puedo explicarlo —dijo Michael.
—Explícalo entonces —respondí, con la voz temblando.
Le pregunté si Grace era su hija. Dijo que no. Le pregunté de quién era. Bajó la mirada.