Para el viernes no vas a tener ni dónde vivir.
No discutí.
No lloré.
Solo miré a Daniel Ortega, mi abogado.
Él preguntó en voz baja.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Ahora.
Me puse de pie y abrí el abrigo gris que había llevado cerrado desde que entré al juzgado.
Después me lo quité.
El murmullo de la sala murió.
Las cicatrices
atravesaban mi hombro izquierdo, bajaban por mis costillas y continuaban por ambos brazos.
No eran marcas de una sola cirugía.
Eran el mapa de 9 años que Santiago había pagado