Mi arrogante esposo llegó a nuestra audiencia de divorcio con su amante del brazo y me susurró: —La empresa, la mansión y los autos ya son míos. Para el viernes no tendrás ni dónde vivir. No lloré ni discutí. Simplemente me puse de pie y me quité el abrigo. Cuando todos vieron las cicatrices que sus millones habían intentado ocultar durante años, la audiencia dejó de parecer un divorcio.

Para el viernes no vas a tener ni dónde vivir.

No discutí.

No lloré.

Solo miré a Daniel Ortega, mi abogado.

Él preguntó en voz baja.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Ahora.

Me puse de pie y abrí el abrigo gris que había llevado cerrado desde que entré al juzgado.

Después me lo quité.

El murmullo de la sala murió.

Las cicatrices

atravesaban mi hombro izquierdo, bajaban por mis costillas y continuaban por ambos brazos.

No eran marcas de una sola cirugía.

Eran el mapa de 9 años que Santiago había pagado