quedé mirando los cuadernos de mi madre.
Por fin entendí.
Nunca me había mantenido encerrada porque yo fuera débil.
Me había mantenido encerrada porque sabía cuánto poder tendría si descubría quién era.
—Gracias, Santiago.
Hubo silencio.
—¿Qué?
—Por decirlo.
Daniel habló entonces.
—Señor Alvarado, soy Daniel Ortega.
La llamada terminó inmediatamente.
3 horas después entregamos la grabación, los contratos, el
dispositivo de rastreo, los registros del archivo y las copias digitales a las autoridades.
El golpe definitivo llegó 2 semanas más tarde.
Un peritaje confirmó que varios documentos supuestamente firmados