era una infección. No era una caída. No era una alergia. Alguien había lastimado a mi hija. Llamé al 911 y después fui canalizada a la Fiscalía de Jalisco. Dos agentes llegaron al hospital junto con una psicóloga especializada en menores. Cuando me preguntaron quiénes habían estado a solas con Camila en los últimos meses,
me cortara la lengua. Mi suegro. Mi cuñado. Una niñera que nos ayudaba ocasionalmente. Y Rodrigo. Cuando dije el nombre de mi esposo, Camila, todavía medio dormida, apretó mi blusa con tanta fuerza que sus