—No puedo.
Agarré el teléfono.
—Entonces lo hará Elena.
Una hora después llegamos a las Sombras.
Tommy iba conmigo.
Nada me había preparado para aquello.
Casas improvisadas.
Techos de plástico.
Niños caminando entre barro y aguas estancadas.
Y todo aquello estaba apenas a veinte minutos de edificios que llevaban mi apellido.
Tommy corrió hacia una pequeña vivienda.
—¡Abuela!
Una mujer salió.
Cabello completamente gris.
Espalda encorvada.
Pero cuando me vio, dejó caer lo que llevaba entre las manos.
—Alejandro.
Me quedé inmóvil.
—¿Me conoce?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.