el penetrante y especiado aroma de la sidra de manzana caliente con canela que hervía a fuego lento en la estufa. Era un olor que, durante los últimos diez años de mi vida, había significado calidez, alegría y la presencia del hombre que amaba. Ahora, simplemente se sentía pesado. Se aferraba a las pesadas cortinas de seda, se impregnaba en
el tejido de las alfombras persas importadas y flotaba en el aire como una niebla espesa y opresiva.
Fue nuestra primera Navidad sin mi esposo, David.Me quedé de pie