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PARTE 2
Martín miró el sobre como si fuera una bomba. Y cuando rompió la solapa, sintió que el aire se le atoraba en el pecho. Eran los títulos de propiedad de un terreno a nombre de los dos.
—Ernesto no es ningún hombre escondido —dijo ella con la voz temblorosa—. Es el dueño del terreno. Mañana terminamos de pagarle.
Martín levantó
la mirada. La rabia se le cayó de la cara poco a poco, como pintura vieja bajo la lluvia.
—¿Terminamos?
—Sí.