Entré con chaqueta gastada a mi propio banco en Castellana y me dejaron dos horas en un rincón. La asesora servía café a los ricos y se reía con el director mientras yo sujetaba un vaso vacío. Me soltó: ‘Esta zona es para clientes private’. No discutí, dejé mi carpeta y volví al día siguiente sin bastón; entonces su pantalla se puso roja y reveló quién era el dueño.

y con evaluación mensual.

 

 

David palideció.

 

—¿Me está degradando?

 

—Le estoy dando una oportunidad que ayer usted no quiso darme a mí —dijo Arturo.

 

La frase hizo más daño que cualquier grito.

 

David apretó la mandíbula.

 

—Tengo 2 hijos. Una hipoteca. No puede convertir mi vida en una lección pública.

 

Arturo lo miró durante unos segundos.

 

 

—Por eso no lo estoy

dejando sin empleo. Su familia no tiene que pagar por su arrogancia. Pero tampoco puedo premiarla con un despacho