inmenso. Otras provocan una profunda vergüenza. Pero unas pocas, preciosas y sagradas, llegan justo a tiempo para hacernos comprender lo que realmente importa en esta vida.
La mujer sucia, exhausta y olvidada que entró arrastrando los pies en mi gran vestíbulo aquella fatídica tarde de martes no necesitaba mi compasión condescendiente. Simplemente necesitaba que alguien la mirara el tiempo suficiente, y con la suficiente atención, para reconocer quién era en realidad.
Y desde aquel día, cada vez que paso junto a un desconocido sentado solo en un banco frío de