venía el dinero.
Le pedí únicamente una cosa: que no permitiera que nuestra mamá convirtiera el conflicto en una guerra entre nosotras.
Me contestó con dos palabras.
«No quiero».
Esa respuesta me importó más de lo que esperaba.
Durante años yo había pensado en la nueva familia de mi mamá como la vida que había elegido en lugar de mí.
Sus hijas representaban, sin tener culpa, todo aquello que yo no había recibido de ella.
Pero aquella noche entendí que ellas también vivían dentro de las decisiones de nuestra madre.