de lo que todavía me debía.
Cuando vi el depósito, no sentí alegría.
Sentí algo más tranquilo.
Movimiento.
El futuro que mi abuela había intentado proteger volvía a avanzar, aunque ya no de la forma limpia y sencilla que ella había imaginado.
Guardé todas sus tarjetas en una caja.
Durante meses las había tratado como pruebas.
Después dejé de hacerlo.
Eran recuerdos.
La diferencia importaba.
Una noche, mientras estudiaba después del trabajo, saqué la última tarjeta que había llevado al banco el día en que descubrí que la cuenta estaba