Había esperado cuatro años enteros para ver a mi esposo cargar al bebé que tanto habíamos soñado. Sin embargo, cuando Ethan por fin se inclinó sobre la cuna de nuestra recién nacida y notó algo detrás de su orejita, la sonrisa se le desvaneció del rostro como si alguien la hubiera borrado de un soplo.
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El ramo de rosas blancas resbaló entre sus dedos y quedó regado por el piso del hospital. Luego me miró como si en ese instante todo lo que creía saber se hubiera