pudieran oírla.
Cuando volvió a hablar, bajó la voz.
«No entiendes cómo eran las cosas».
«Entonces explícamelas».
«Tu abuela no estaba bien».
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Me enderecé en el asiento.
Ahí estaba
la primera explicación.
No una disculpa.
Una justificación.
«¿Qué quieres decir?»
«Ya estaba enferma. Confundía cosas. Yo tuve que hacerme cargo de ciertos asuntos».
Miré la fecha del retiro otra vez.
Mi abuela estaba enferma entonces, sí.
Pero yo también recordaba aquellas semanas con una precisión dolorosa porque prácticamente vivía entre el hospital, el trabajo y su casa.
Ella sabía