porque aceptar que su vida se había desordenado sin pedirle permiso era mucho más difícil.
—Ella sabía algo —murmuró.
Rita lo escuchó.
—¿Qué quieres decir?
—Se llevó sus cosas antes.
Teresa intervino.
—Se llevó una maleta.
—Exactamente.
—Una maleta, don Víctor. Sus muebles seguían adentro.
Víctor guardó silencio.
Teresa había visto salir a Ana cargando fotografías, papeles y objetos personales, pero también había visto las habitaciones todavía llenas.
Nadie que estuviera intentando salvar deliberadamente todo lo suyo habría dejado atrás décadas de pertenencias.
Rita volvió la mirada hacia la casa.