sus medicamentos y las pequeñas obligaciones que antes aparecían resueltas sin que él preguntara quién las había resuelto.
Ana también tuvo que aprender algo incómodo.
Irse no la hizo sentirse libre de inmediato.
Extrañaba rutinas que detestaba.
A veces despertaba pensando que debía preparar algo para Víctor.
A veces veía una camisa de hombre en un aparador y recordaba automáticamente su talla.
Veintidós años no desaparecían porque una casa se hubiera quemado.