de chocolate caliente. Mariana tomó el suyo, bebió y frunció el ceño.
—Te comiste mis malvaviscos.
—No había tantos.
Era la misma mentira que él decía cuando eran niños.
Mariana intentó mantenerse seria, pero terminó riendo. Después lloró, y Gabriel la abrazó sin preguntar si ya lo había perdonado.
Los reporteros se acercaron cuando ambos bajaron las escaleras.
—¿Se arrepiente de haber denunciado a sus padres?
Mariana miró a las familias de Torre Horizonte. Una mujer sostenía la fotografía de su esposo. Un anciano