llevaba la de su nieta. Durante años, los Salgado los habían llamado expedientes, daños colaterales y costos legales.
—Mis padres decían que guardar silencio era ser leal —respondió—. En realidad, el silencio era el arma con la que mantenían a todos de rodillas.
Mariana siguió caminando junto a Gabriel.
El teléfono permanecía roto, cubierto de sangre seca y casi inservible. Había sobrevivido al golpe, al cloro ya quienes quisieron destruirlo.
Mariana también.
Teresa había dicho que prefería enterrar a su hija antes que