Tomó mi rostro entre sus manos. Sus manos hermosas y firmes.
—¿Estarás en casa esta noche? —preguntó—. ¿Seguirás ahí?
Miré a mi marido. Mi marido el mentiroso. Mi marido el tatuador. Mi marido que conducía hasta Filadelfia todos los fines de semana durante ocho meses y practicaba dibujando hasta que le salía perfecto, porque había decidido, hacía tres años y medio sentado en un sofá, que yo jamás tendría que sentir lo que
sentía mi madre.
—Estaré allí —dije—. ¿Pero Marco?
“¿Sí?”
“Esta noche vuelves