Así que me acerqué a ella. Y la abracé. A esa ancianita menuda a la que conocía desde hacía veinte minutos. La abracé con todo mi cuerpo, como mi madre nunca volvió a abrazar a nadie después de su operación.
—No tengas miedo —
le susurré al oído, entre sus canas—. Él te va a cuidar muy bien.
Gloria se aferró a mí. Olía a lavanda y hojas de tomate.
—Lo sé, cariño —dijo—. Lo sé.
Cuando la solté, me acarició la mejilla. Luego se dirigió