“Esta vez no es Varga.”
Había tres mujeres en la sala de espera. Una de ellas tenía más o menos mi edad. Sujetaba con fuerza su bolso contra las rodillas. Parecía aterrorizada.
Me senté a su lado.
—¿Es la primera vez? —susurré.
Ella asintió.
Le acaricié la mano.
—Yo también —dije—. Más o menos.
Entonces Nadia abrió la puerta de atrás.
“¿Elena? Ya puedes entrar.”
Las paredes seguían cubiertas de fotografías. Incluso
más ahora. Reconocí a Gloria. No su rostro,