Mientras mi nieto regresaba por el camino del cementerio con su tarjeta entre las manos, comprendí que la respuesta que llevaba diez años dándole podía estar escondida dentro del sobre que yo apretaba contra el pecho.
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La mujer que me lo había entregado observó al niño acercarse y luego me miró a mí.
—No tiene que abrirlo aquí —dijo—. Pero sí necesita saber una cosa antes de que yo me vaya.
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Sentí que la garganta se me cerraba.
—¿Qué cosa?
Ella bajó la mirada.
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—Su padre está