preparado.
Cuando mi hija murió, el miedo de aquella mujer se convirtió en una decisión imperdonable.
Vio que el bebé había sobrevivido.
Sabía que yo me lo llevaría a casa.
Y decidió decirle a su hijo que no había sobrevivido ninguno de los dos.
—Me dije que usted lo cuidaría mejor —confesó—. Me dije que mi hijo podría continuar con su vida. Me repetí tantas veces que estaba evitando más dolor que terminé creyéndomelo.
—¿Y la carta?
Cerró los ojos.
—La guardé.
—Durante diez años.
—Sí.
—Cada cumpleaños de mi