había abierto la bolsa con el pan y el té. Caminaba con dirección, con propósito.
Algo dentro de mí me dijo que dejara de intentar alcanzarlo. Que lo siguiera de lejos, sin ser vista. Y eso hice.
Lo seguí durante casi una hora, por calles que se fueron volviendo cada vez más estrechas, hasta que el asfalto se convirtió en tierra y las casas fueron cediendo terreno a los árboles. Llegamos al borde de la ciudad, a una zona olvidada donde el pasto crecía sin control entre los porches abandonados.