La chaqueta remendada: la señal que me llevó hasta mi hijo desaparecido

dos clientes se cruzaron entre nosotros para recoger sus pedidos. Cuando pude rodearlos, el anciano ya se había marchado con su bolsa de papel. Salí a la calle corriendo. Lo alcancé a ver a media cuadra, caminando con paso constante.

—¡Espere, por favor! —grité.

Pero la vereda estaba llena de gente y él seguía avanzando sin girar la cabeza. Traté de

seguirlo, empujando entre los transeúntes. Y después de dos cuadras noté algo extraño: aquel hombre, que parecía sin hogar, no se había detenido a pedir monedas a nadie. Tampoco