escuché eso en la audiencia, sentí una punzada.
Porque durante meses yo también había tenido ese miedo.
Pero entonces recordé la carta de mi hija.
Me levanté y hablé.
—Puede que no tenga treinta años.
El tribunal quedó en silencio.
—Puede que mis rodillas duelan y que necesite descansar más que antes.
Miré hacia donde estaban mis nietos.
—Pero nadie en esta sala ama a estos niños más que yo.
No necesitaba gritar.
No necesitaba demostrar nada.
Solo decir la verdad.
Después de revisar las pruebas, el juez confirmó mi