PARTE 2: EL IMPERIO TENÍA MI NOMBRE

durante años le habían servido para decidir cuánto valía yo.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

La pregunta me dolió más de lo que esperaba.

—Porque al principio quería que me quisieras sin saberlo.

Recordé el apartamento pequeño donde habíamos cenado nuestra primera noche juntos. Daniel lavando los platos, riéndose porque se le había quemado la pasta.

Durante mucho tiempo había esperado volver a encontrar a aquel hombre.

—Después —añadí—, cada vez que intentaba hablar contigo, terminabas explicándome lo afortunada que era de llevar tu apellido.

Apartó la mirada.

Una