me preguntaba cuántos hijos había tenido, ya no bajaba la mirada.
Respondía:
—Dos.
Mateo y Julian.
Y cuando me preguntaban si tenía nietos, sonreía.
—Una nieta.
Nora.
Porque finalmente había entendido aquello que Julian intentó enseñarme con su última carta:
Una persona puede morir.
Una familia puede romperse.
Pero mientras alguien conserve la verdad, pronuncie sus nombres y siga construyendo nuevos recuerdos junto a los que permanecen…
el amor no necesita convertirse en un secreto.
Muchos años después, la casa amarilla seguía en pie.
Las flores del jardín habían cambiado