El último recuerdo que conservaba de mi antigua vida era el zumbido del aire acondicionado en la oficina de sistemas, una pantalla colmada de errores de compilación y el dolor lacerante que me paralizó el pecho antes de desplomarme hacia el vacío desde la terraza del corporativo.
Había pasado diez años siendo un don nadie: invisible, explotado y reemplazable.Pero la muerte no me llevó a la nada. Me arrojó a un infierno verde. Desperté sobre un lecho de musgo húmedo, tosiendo fango y con el cuerpo empapado.
Los árboles