mí.
Cuéntale a Nora que odiaba el brócoli, que hacía trampas jugando a las cartas y que tardé tres meses en aprender a montar en bicicleta porque Mateo se
reía cada vez que me caía.
Sonreí entre lágrimas.
Pero sobre todo, dile que donar mi riñón no fue el momento que me convirtió en su padre.
Ya era su padre cuando le cambiaba los pañales. Cuando caminaba durante una hora con ella en brazos porque no conseguía dormir. Cuando le compré aquella bicicleta roja que todavía tiene miedo de usar