llorar.
—Lo siento, pequeña —susurró—. Tu mamá hizo lo correcto.
La observé.
Durante mucho tiempo pensé que poner límites significaba perder a las personas.
Ese día comprendí que a veces los límites son precisamente lo que permite que una relación sobreviva.
No volvimos a ser la familia de antes.
Fuimos algo diferente.
Algo más pequeño.
Algo más respetuoso.
Y cuando mi madre se marchó aquella tarde, cerré la puerta y miré a Lily.
La casa seguía siendo la misma.
Tres habitaciones.
Una pequeña cocina.
Un jardín que todavía necesitaba
trabajo.