—¿Por qué?
Miré hacia la calle.
—Porque si no te hubiera seguido, habría pasado el resto de mi vida llorando a un hombre que en realidad seguía vivo.
Él apretó mi mano.
—Y yo habría pasado el resto de la mía escondiéndome.
Nos quedamos allí unos segundos.
Después comenzamos a caminar.
Antes de irnos, miré una última vez aquella vieja puerta.
Durante meses había pensado que detrás de ella encontraría una respuesta.
Pero ahora entendía algo.
A veces, las puertas que más miedo nos da abrir no esconden monstruos.
Esconden