él me había dejado para siempre.
Nunca volvimos a ser exactamente los mismos.
¿Cómo podríamos?
Había demasiadas cicatrices.
Demasiadas preguntas.
Demasiadas noches en las que ambos despertábamos sobresaltados.
Pero seguimos juntos.
Un año después, regresamos al lugar donde todo había comenzado.
La misma calle.
La misma puerta.
El mismo frío húmedo.
Mi esposo tomó mi mano.
—¿Te arrepientes de haberme seguido aquella mañana?
Lo miré.
Pensé en todas las cosas que había descubierto.
En el miedo.
En la rabia.
En el dolor.
Y finalmente negué con la cabeza.
—No.
Sonrió.