Iba a transferirle ocho millones a mi esposo para cerrar un contrato… hasta que lo vi comprándole un collar a su amante

como siempre. Siete años de matrimonio me habían enseñado cada línea de su rostro: cuándo estaba incómodo, cuándo fingía calma, cuándo iba a mentir, cuándo estaba haciendo cálculos rápidos detrás de los ojos.

Y ahora calculaba.

No el precio del collar.

Calculaba cuánto dinero podía mover sin que yo lo autorizara.

Mia Chen estaba sentada muy cerca de él, pero ya no parecía la dulce cumpleañera de hace unos minutos. Tenía las manos apretadas sobre el bolso, los labios sin color. Debía estar acostumbrada a un Adrian generoso, encantador, invencible.