debía estar en Singapur para una negociación urgente.
El mismo que la noche anterior me había llamado con voz culpable:
—Perdóname, Victoria. Odio no poder estar contigo en nuestro aniversario. Te lo compensaré cuando vuelva.
Y allí estaba.
Sentado a unos metros de mí, con la camisa impecable, la mirada tierna y una estudiante universitaria en sus brazos.
No cualquier estudiante.
Mia Chen.
La chica a la que yo financiaba.
Yo había pagado su matrícula, su apartamento, sus cursos de idiomas, su ropa, sus gastos médicos. La había elegido personalmentev