que es generoso.
—Por una belleza así, cualquiera pierde la cabeza.
—Quien esté compitiendo contra él debe tener ganas de morir.
Yo tomé un sorbo de té.
—Veinticuatro millones cuatrocientos
cuarenta mil.
Esta vez, Adrian tardó más.
Su mandíbula se tensó. Mia tuvo que susurrarle algo al oído durante un buen rato antes de que él hiciera un gesto al asistente.
—Veintinueve millones seiscientos cuarenta mil.
Sonreí.
A esa altura, el collar ya no me importaba.
Lo importante era ver cuánto podía gastar Adrian sin mí.
Porque todos en esa