hermana y de él! Si alguien va a la cárcel, es ella.
Silvia rompió en llanto, cayendo de rodillas.
—¡Tú me obligaste, Víctor! ¡Me dijiste que si no lo hacía, nos meterías a la cárcel por el fraude de los camiones! ¡Dios mío, perdóname!
Entonces, el sonido constante del monitor cardíaco se aceleró un poco. La cortina blanca que separaba la cama se recorrió lentamente.
Alejandro estaba sentado. Pálido, débil, pero con los ojos más abiertos y lúcidos que nunca.
—Hola, Víctor —dijo Alejandro, con una voz que, aunque ronca,