Desperté intubado y escuché a mi propio socio decir: “Le dimos la misma dosis que a su primera mujer hace 6 años, pronto cederá su patrimonio”.

muchacho lo aceptó sin chistar, y poco a poco, con los años, fue reconstruyendo el orgullo y el respeto de su padre.

Ocho meses después de aquel trágico día, hubo una nueva boda.

No hubo lujos exagerados ni cientos de invitados falsos. Fue en el jardín de la hacienda, bajo una carpa blanca, con mariachi de fondo y una comida para treinta personas. Los verdaderos amigos. La doctora, los enfermeros que ayudaron, el comandante Garza, doña Rosa y la familia de Lucía.

Alejandro, ya recuperado, caminaba firme y con una