No podía serlo.
Pero no me quedé en casa a oscuras. Empecé a ir al hospital.
Al principio solo iba a dejar café a las enfermeras que cuidaron de mi niño. Luego, me ofrecí a doblar sábanas. Después, a sentarme con los padres que acababan de recibir la peor noticia de sus vidas.
Sabía exactamente qué decirles, porque yo había estado en esa silla.
Sabía cómo se sentía el silencio de los médicos.
Javier y Bruno seguían yendo.Pero la realidad, la vida real, es que los perros envejecen más
El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)