rápido que nosotros.
El hocico de Bruno, antes negro como el carbón, ahora tenía un tono grisáceo, como si la nieve le hubiera besado la cara.
Sus movimientos ya no eran los de un cachorro gigante, sino los de un anciano sabio.
Ya no corría por los pasillos, pero su instinto se había agudizado.
Una tarde de martes, estábamos en la planta de oncología.
Había ingresado una niña nueva. Se llamaba Lucía, tenía seis años y un tumor que le estaba robando la voz y las ganas de vivir.
Llevaba
El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)