los ojos cerrados, el rostro pálido y una pequeña herida en la sien, sentí que el corazón se me detenía.
—¡Daniela! ¡Mi amor, despierta!
Me arrodillé, le acaricié la cara y le hablé varias veces. No respondió.
Mi esposa, Patricia, permanecía de pie a unos metros, con los brazos cruzados.
—¿Qué le pasó? —pregunté desesperado.
—No sé. Seguramente se mareó y se cayó.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—No estaba contando los minutos, Javier.
La miré sin comprender.
—¿Y por qué no llamaste a una ambulancia?
—Porque estaba respirando. Pensé que