se levantaría sola.
Aquellas palabras me dejaron helado.
Saqué el teléfono y marqué al 91Mientras explicaba la situación, seguía observando a Patricia. No parecía preocupada. Ni siquiera se acercó para preguntarme si Daniela estaba bien.
Llevábamos veintidós años casados.
Yo trabajaba como supervisor de mantenimiento industrial y viajaba constantemente. Patricia siempre había sido una mujer de carácter fuerte, pero jamás imaginé que pudiera mostrarse tan indiferente ante nuestra propia hija.
Daniela era nuestra única hija. Tenía veinte años, estudiaba en la universidad y trabajaba algunas tardes para pagarse sus gastos.